(…) El Che no flaquea, no se deja flaquear, aunque siente que su propio cuerpo es una piedra entre las piedras, pesada piedra que él arrastra avanzando a la cabeza de todos (…) caminan todos al ritmo de los que menos pueden: juntos serán todos salvados o perdidos. La metralla le rompe las piernas. Sentado, sigue peleando, hasta que le vuelan el fusil de las manos. El Che muere de bala, muere a traición, poco antes de cumplir cuarenta años, exactamente a la misma edad a la que murieron, también de bala, también a traición, Zapata y Sandino. ¿Ha muerto en 1967, en Bolivia, porque se equivocó de hora y de lugar, de ritmo y de manera? ¿O ha muerto nunca, en ninguna parte, porque no se equivocó en lo que de veras vale para todas las horas y lugares y ritmos y maneras?
Eduardo GaleanoNosotros los cubanos tenemos esa rara manía de querer apropiarnos del Che sin pensar que es, posiblemente, la figura latinoamericana más universal. Y es que en Cuba el Che trasciende tanto por la estatura de sus acciones -en pos del bien del individuo y la nación- como por su esclarecido pensamiento.



