diciembre 20, 2016

El necesario enemigo terrorista

El asesino de Andréi Kárlov, embajador ruso en
Turquía, era un oficial de policía turco identificado
 como Mert Altintas que servía desde el 2014
Aleppo, el corazón industrial de Siria, está libre de las bandas terroristas que dominaron la ciudad por más de tres años. Las fuerzas del Ejército Árabe Sirio, gracias al apoyo militar brindado por Rusia, han logrado tomar la ciudad, cuya liberación marca un punto de quiebre en la tormentosa guerra civil que hunde a la nación levantina.

Pero esa noticia, sumamente importante para quienes de una forma u otra nos mantenemos al tanto de lo que acontece en el Medio Oriente y conocemos del impacto que puede tener en el futuro inmediato, se ha visto empequeñecida tras una oleada de atentados y asesinatos que demuestran una reacción de las fuerzas yihadistas, a las que al parecer, ni la poderosa Europa puede hacer frente.

Por estos días no han parado de sucederse hechos lamentables. Andréi Kárlov, el embajador ruso en Turquía, fue asesinado a tiros frente a las cámaras; en ese mismo país, al menos 41 muertos y 155 heridos fue el saldo de un doble atentado junto al estadio de fútbol del Besiktas mientras que un vehículo pesado irrumpió por el frente de un mercado navideño en el barrio berlinés de Charlottenburg, provocando, de acuerdo con los últimos informes, al menos 15 personas muertas y hasta 48 hospitalizadas. Y uno se pregunta, ¿es realmente imposible detener esto? ¿Hasta dónde puede llegar la obcecación del hombre? ¿Son realmente tan poderosos los intereses que hay detrás de la “guerra contra el terrorismo” que impiden acabar de una vez por todas con esta masacre?

Según el escritor Andre Vltchek, el terrorismo en la actualidad se presenta bajo muchas formas y muchas caras, pero la más terrible de todas es su fría crueldad. En un artículo publicado este año, el también filósofo ruso expresa que “se nos pide que creamos que los terroristas son unos sucios lunáticos que corren por ahí con bombas, ametralladoras y cinturones explosivos. Es así como nos dicen que los imaginemos. Muchos de ellos llevan barba, casi todos tienen “aspecto extranjero”, no son blancos, no son occidentales. En resumen, son tipos que pegan a sus esposas, violan niños y destruyen estatuas griegas y romanas.

Pero los terroristas se hicieron realmente populares después de que la Unión Soviética y el bloque comunista fueran, y después de que Occidente de repente se sintiera demasiado expuesto, solo, sin nadie contra quien luchar. De alguna manera sentían que necesitaban justificar sus monstruosas acciones opresoras en África, Medio Oriente, América Latina y Asia.”

Y no deja de tener razón el analista. Una observación profunda del fenómeno nos advierte que detrás de esas formaciones extremistas está la mano peluda del capital y los intereses occidentales. Se necesita un gran enemigo para canalizar los enormes presupuestos militares, para continuar imponiendo los estándares culturales y económicos, para “democratizar” sociedades oprimidas en dictaduras.

Muchos cables desclasificados por Wikileaks, infinidad de material documental, reuniones secretas sacadas a la luz por periodistas comprometidos han demostrado en los últimos años cuánto de compromiso real tienen las élites capitalistas con solucionar los problemas por ellos creados. Y hoy, el bumerang les golpea en medio de la frente, tras demostrarse su incapacidad para salvarse de su engendro.

Tal parece un chiste de mal gusto que los ingentes recursos militares, los bien entrenados y equipados soldados y las poderosas agencias de inteligencia con que cuenta Estados Unidos y la OTAN no hayan podido detener al Estado Islámico o a Al-Qaeda. Solo Rusia, de quién se espera ahora una radicalización tras el asesinato de Kárlov, disgregadas milicias kurdas y el sacrificio de los leales soldados sirios han logrado mellar su empuje. Un poco extraño, ¿verdad?