diciembre 01, 2016

Evocación

Una negra vieja invoca a sus orishas y sus hermanos de religión la siguen y piden juntos, paz para el espíritu.

La prostituta, rescatada en enero del 59, derrama lágrimas en silencio y da las gracias por su salvación.

El portuario, ya anciano, arrastra sus pies cansados pero no quiso dejar de saludarlo.

La guajira a cuya familia le quemaron tres veces su casa, ora y recuerda al joven barbudo, vestido de verde olivo que rindió tributo a su vecino, José Antonio y la miró desde la acera, enfrente de la casa, donde fue criada hasta ese día.

Están los que quedan. Tristes, muy tristes. Ellos sienten que han perdido algo inmenso y, aunque reconocen sus ideas como perdurables y su ejemplo multiplicador, sienten cercana también su partida.

El músico entona, con discreción, una estrofa que otrora dedicó al Ché y, ahora se la regala: “qué tengo yo que hablarte, Comandante?”

Los jóvenes, activos, inquietos en su natural, demuestran su pesar. Desde que nacieron, sus padres los enseñaron a quererlo, escuchan su nombre y las anécdotas. Ellos también sienten tremendo dolor.

Cámaras, teléfonos, Tablets cliquean e inmortalizan momentos. Todos sabemos que asistimos a una jornada única.

Capto cada detalle, cualquier gesto me parece auténtico. Lentes empañados por el llanto; un sol que quema con la misma luz con que calienta; abanicos que sacuden el aire que a ratos falta; sombrillas multicolores que por minutos crecen en cantidad…

Una señora en su sillón cuenta a sus nietos el Día de la Victoria y les pide no olvidar cuando ella no esté.

Yo, alerta, todo me parece auténtico. Quisiera que fuera una pesadilla, de esas que a veces dan.

El silencio se apodera del tiempo. Es respeto y admiración; es apoyo y reafirmación.

El cielo nublado de hacía unos instantes dio paso al Sol. Se hizo la luz para que los hijos saluden.

Pienso en un intercambio con Martí. Los veo juntos. El recién llegado a la Eternidad pasa por encima el brazo a su Maestro, hablan entre ellos. No están solos, prefieren platicar bajo. Finalmente el alumno dice al sabio: “Te lo prometí Martí, y lo cumplí”. Se funden en un abrazo.

Desde el sitio que ocupo, junto a mis colegas, una corriente de aire cruza y entonces sonrío. Es cierto, muy cierto, que “la muerte no es verdad, cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.

Gracias, muchas gracias, por todo y por todos.

¡¡Hasta Siempre!! (Tomado del blog A la orilla del mar…)